| |
|
Exposiciones Comics
Libros Textos
TEXTOS
| EL
VALLE DE LOS CAÍDOS
El
Valle comenzamos a pintarlo a finales de 1979, aunque llevábamos
todo el año dándole vueltas a la idea.
Después de nuestra primera serie conjunta, Las Gitanas de
Marin, sentimos la necesidad de que la siguiente que pintásemos,
en un cierto modo fuese un homenaje a Madrid, ciudad en la que no
solo nos independizamos y conseguimos vivir de nuestro trabajo,
sino donde también fuimos comprendidos y nos hicimos con
un buen grupo de amigos, cosas que en nuestra ciudad de origen hubiera
sido imposible.
Buscábamos un monumento que fuese rico en elementos, capaces,
una vez desarrollados en pintura, de adaptarse a la idea.
Después de una visita al Valle de los Caídos, que
ya conocíamos desde la infancia, se nos ajusto como anillo
al dedo.
Todos los grupos escultóricos que forman el conjunto, representan
temas que a nosotros desde un principio nos parecieron de una tremenda
actualidad, aunque quizás un poco olvidados, lo cual les
hace aun mas atractivos, así como su virginidad, pues nadie
se ha atrevido con el monumento, viéndolo como una exaltación
del franquismo.
Cuando empezamos a pintar la obra, hacia años que la democracia
se solidificaba en España, los mismos que llevaba muerto
el general y debido a su cercanía a la capital o se bombardeaba
el monumento hasta no dejar rastro de el, cosa que nos parece una
barbaridad, o se asume como lo que es: un conjunto escultórico
arquitectónico, producto de un pasado del que ya no se puede
renegar, colocado en nuestra sierra madrileña, bueno para
visitar.
Estas son y han sido las pobres ideas políticas con las que
nos hemos enfrentado al monumento, mejor dicho al sentido que marca
el monumento, porque las piedras y la temática que en el
se representan son principios universales asumidos por el franquismo,
sin ningún miramiento mas que el propio engrandecimiento.
Por eso y con las mismas libertades, que ellos se tomaron en su
monumento, nos hemos permitido, siguiendo un principio puramente
barroco, el interpretar la imaginaria a nuestro modo, con gente
de hoy en día vestidos como tales.
Así pues, no es de extrañar el contemplar una Virgen
Alaska, u otra en pantalones, pues ¿quién nos dice
que la Macarena, mejor dicho su modelo, no fuese una belleza de
la época? Y lo que esta claro es que la Virgen no se paseaba
por Galilea con esa vestimenta, sino por la mentalidad barroca de
quienes la eligieron objeto de devoción, para mayor atractivo
de sus contemporáneos.
Pero aun se puede llegar mas lejos con la temática ofrecida
por las esculturas del Valle, prestándose tanto individual
como globalmente a mas de una reflexión. Ejemplo de ello
puede ser una simple pregunta que los que en Madrid vivimos nos
hemos hecho en alguna ocasión: ¿Cómo salir
adelante en la capital de una España en crisis económica?
Pues siendo prudente (Prudencia), justo (Justicia), fuerte (Fortaleza)
y teniendo mucho temple (Templanza), además de ser rápido
como un águila (San Juan Evangelista), paciente como un león
que ruge en el desierto (San Marcos Evangelista), con el empuje
de un toro (San Mateo Evangelista) y estando como los angeles constantemente
inspirado (San Lucas Evangelista).
Una sola pregunta nos ha hecho recorrer todo el conjunto de la Cruz
y plasmarlo en ocho cuadros y no hemos tocado en ninguna forma ni
la política, ni el recuerdo de un dictador. Los diecisiete
cuadros restantes continúan en el mismo sentido, actualizando
unos principios, que como ya he dicho caían en el olvido.
Enrique Costus
Madrid 1987
|
|
LO
PEOR DE TODO
Se elige, se compra, se posee
-
-
Hay
una pequeña ciudad, dentro de una ciudad pequeña.
El casco antiguo de Cádiz es chico, pero aún
lo es más el trozo de calle que separaba la casa donde
nací del colegio donde transcurrió mi infancia,
en pleno centro.
Al colegio se podía entrar a través de la Iglesia
Oratorio de San Felipe y siempre que la monotonía de
los días me agobiaba, por allí me introducía.
Era un cambio, otra posibilidad, una manera cómoda
de romper la rutina. Pronto aprendí que simulando rezar
me dejaban contemplar y allí se me pasaban las horas
mirando.
Dentro, por dos altas vidrieras, la luz entraba a borbotones,
cruzando el espacio, iluminando la cúpula entera.
Al frente, el altar mayor, donde, rodeada por todo el oro
y los santos del cielo, hacia el se encaminaba una Inmaculada
de Murillo.
Nunca hay nadie.
Chisporrotea alguna vela en cualquiera de las seis capillas
laterales.
Tres a un lado, tres a otro. Mis preferidas las del izquierdo.
La primera, la del altorrelieve de la adoración de
los Magos, con la cabeza del Bautista puesta en una bandeja,
debajo, me inquieta. Pero la que hay a continuación,
de mármol blanco, me gusta.
No las miro.
Solo veo a la Inmaculada, donde siempre descubro algo nuevo.
Mirándola llego a una puertecita pegada al altar mayor
que da a una capilla grande y siniestra, sin más luz
que la que entra rebotada, por una pared de cristal.
Hay unos cuantos bancos y una escalera hacia abajo, es la
cripta. La protegía una reja de hierro repujado, sin
candado, frente a la que nunca pasé sin que un escalofrío
me recorriese la espalda. Había oído historias.
Contaban que más de una vieja, rezando en las capillas
donde hay gente enterrada, había caído dentro
de la cripta al ceder las losas, de donde las sacaban hechas
un cuadro.
A mí eso me daba un miedo espantoso. Decían
que estaban los muertos colocados en repisas, sin caja, momificados
por la humedad del mar y las uñas y los pelos les crecían,
formando con las telarañas, que por completo todo lo
cubrían, un espectáculo de lo más agradable.
Una vez bajé. Estaba tan oscuro que no veía
nada y se me quitó el interés.
Muchos años después, visitando la fábrica
de muñecas de Chiclana, una señorita nos introdujo
en una habitación obscura. Fue pulsando, uno tras otro,
un sinfín de interruptores y al mismo tiempo, por todas
partes, empezaron a dispararse ráfagas de neón
blanco a nuestro alrededor.
Las barras estaban apoyadas en estanterías de cristal,
iluminando desde abajo las mil y una variedades de gitanas
de plástico que allí se hacían.
Volví a ser niño, bajé a la cripta.
En vez de muertos espantosos sobre las repisas, la luz descubrió
un tesoro de muñecas de todos los colores, brillantes
como soles.
Una habitación comunicaba por un lado a la sacristía,
por otro a las clases. Bien iluminada por un gran ventanal,
que daba al patio del colegio, delante de él, sobre
un mueble de estrechos cajones, se erguía una monumental
Virgen del Pilar de escayola. Casi de tamaño natural.
Con los ojos de cristal y su niño en brazos, descendía
de los cielos sobre una columna roja, sustentada por dos ángeles
rubios de enormes alas, uno en rosa y otro en azul, que flotaban
sobre una nube de algodón.
Era el regalo del padre de un antiguo alumno.
Uno, que cayó desde la montera que cubría el
patio sin que nadie se explicara que no se matara. A no ser,
como apuntaba el padre, que la Virgen, ascensor divino, le
bajara.
La sacristía ocupaba todo el fondo de la iglesia. También
tenía una escalera, esta vez hacia arriba. Conducía
al cuadro. Un mecanismo le daba la vuelta permitiendo apreciar
de cerca el trabajo de Murillo.
La sacristía, silenciosamente limpia, llena de extraños
cachivaches, con su puerta siempre abierta, me atraía
más que el camino por el que me metía.
¿Cuántas veces? ¿cuántos años?
Allí hice la primera comunión y me confirmaron,
pero me bautizaron en otro sitio, porque no era parroquia.
Monumento nacional con sacerdote dentro para velar por el
templo. Eso era.
Allí se juró la Constitución.
Pero yo no sabía que era eso. Me toco vivir el triunfalismo
de Franco y la constitución no existía.
Se juró algo, una confabulación para echar a
los franceses. Algo de lo que no había que enorgullecerse,
pero en lo que no había participado Franco, por lo
que era un suceso de segunda categoría, recordado en
grandes medallones por la fachada, que nunca leía.
Allí fui iniciado.
Y pasé un largo noviciado.
Una parte de mi sigue allí anclado.
No me gusta volver.
Dándole vueltas a la cabeza llego al escaparate del
anticuario, de la primera calle a mano izquierda y se me pasa
todo frente a cualquier absurdismo oriental.
Otras veces me da por la artesanía. No tuerzo, sino
que continúo la calle donde, mas abajo, hay una cacharrería,
esfumándose las complicaciones entre los verdes y amarillos
de cualquier cacharro.
Lo mejor es no comprar.
En el cuaderno donde escribo tengo una fotografía de
la Inmaculada. La reproducción no ha perdido su luz
dorada.
Todo sigue siendo lo mismo.
El viento trae sonidos de trompetas y tambores que ensayan
para Semana Santa.
-
-
Un
día se rompió la rutina. Con mi padre fui a
Chiclana, no sé a qué ni porqué, pero
en technicolor la recuerdo. Asolada por una inundación,
presentando un aspecto catastrófico.
El río, desbordado, había anegado toda la parte
baja, donde se encontraba la fábrica de muñecas
de plástico con forma de gitana.
Violentamente, la había arrasado el agua y esparcido
su contenido por todo Chiclana.
Miles de manos, brazos y piernas, sonrientes cabecitas calvas,
dentro el barro sobresalían, formando montañas
en las esquinas.
Las más impresionantes, las enteras.
Desgreñadas, ahogadas, destrozadas, se revolcaban con
sus batas de cola en el fango, sin perder la compostura, sonriendo.
La población comenzaba a hacer frente al destrozo.
No me acuerdo si hubo víctimas, lo mismo murió
alguna vieja -no es que tenga nada en contra de ellas-.
Grupos de hombres limpiaban las calles y a paletadas, en un
camión iban echando las embarradas gitanas.
A nadie importaban, pero mi yo kitsch floreció y comprendí
que aquello era una desgracia.
La visita me impresionó tan vivamente que durante una
larga temporada tuve sueños y pesadillas.
Premoniciones según puedo comprobar ahora.
Pero aquel día, después de la inundación,
de entre el fango, algo me llamó y me compró.
En la mitad justa de mi noviciado, este suceso significó
la comunión con la religión en la que estaba
iniciado.
Sin que nadie me viera me llevé varias cabecitas calvas.
Contemplándolas compartirían la misma atracción
que por la iglesia sentía.
El sabor del oro se mezcló con el del plástico
y me supo a bien.
EXTREMAUNCIÓN
-
Mi
prima tenía, heredado de su abuelo, un librito antiguo
de fotografías.
De tapas duras, cartón imitando cuero, profusamente
decorado en relieves con adornos tan determinantes como su
tiempo, perdido entre la "belle époque" y
el modernismo, un tiempo que nunca existió.
Pertenecía al tipo llamado "Cuadernos de viajes"
y contenía una colección de vistas de un cementerio.
No me acuerdo cual.
No tengo el libro.
No me importa.
Tres veces hay que negar antes de profesar la fe.
Fue a través de aquellos mármoles pomposamente
trabajados, por entre aquellas figuras veladas, ángeles
llorones, violines y rosas petrificadas, por donde entré
de lleno en un mundo que ya conocía. Como por la iglesia
atravesaba hacia el colegio.
Por aquel librito de fotografías entré en un
estilo que más tarde me enteraría que se llamaba
"kitsch" y me hacía comprender que no estaba
equivocado y que no era el único al que le gustaba
lo rebuscado.
Luego vino todo rodado.
Del incansable mármol blanco a la asequible corona
de flores de plástico, tan solo hay un paso.
Después caer en lo "typical" es cuestión
de un rato, y en menos que canta un gallo te encuentras teorizando
sobre algo que nadie te ha enseñado, pero que conoces
tan bien como a ti mismo, y que no te posee haciéndose
dueño de tu voluntad completamente.
-
-
Lo
peor de todo es quedarse corto.
Viviendo fuera de España, cuando descubría cualquier
mamarrachería, algo que me atraía, aunque me
arrebatara, lo dejaba para mañana, no me atrevía
a comprarlo.
Eso no se puede hacer.
El kitsch es un golpe de efecto.
Si no te lo llevas en el acto, se te graba en la cabeza y
no se te olvida jamás, lamentando siempre el no haberlo
poseído.
Mejor comprarlo, tenerlo, que se te rompa o desaparezca da
igual, porque lo has tenido.
No te servía de nada.
Era solamente un estorbo.
Una carga.
Pero por un momento fue tuya una intención que tú
descubriste en cualquier parte.
Eso es lo importante, te llamó, lo compraste y te lo
llevaste. Es lógico.
Lo peor es quedarse corto.
No tenerlo y no olvidarlo.
Mejor acumular en el exterior que en el interior.
Sin ningún freno.
Basta pasearse por cualquier museo para darse cuenta de la
cantidad de belleza que dejaron nuestros antepasados e intuir
que vamos a dejar nosotros a los que vienen detrás.
Se ve tanto padre de familia, preocupado por el fututo de
sus hijos, circulando con sus vehículos entre el tráfico
atestado, habitando malamente diminutos apartamentos en enormes
bloques incrustados, consumiendo como locos todo lo que cae
en sus manos, que se tiene la certeza de que en basura se
convertirán sus comodidades, en chatarra sus coches
y en escombros sus frágiles casas, y de que eso es
a fin de cuentas lo que va a quedar.
Mares de basura, cordilleras de chatarra y desiertos de escombros
formaran nuestra herencia, y entremezclándose con todo,
también permanecerá todo el cotidiano kitsch
que nos rodea.
Al menos algo nos recordará con gracia.
-
ENRIQUE COSTUS
El Puerto de Santa María (Cádiz) 1987
|
| MAGNIFICO
ESPLENDOR DE DOÑA CARMEN
Doña Carmen, siendo el centro natural de la
reunión, no está en el centro de la fotografía,
sino en un extremo, el derecho.
Sentada indolentemente al borde de la punta de un sofá, recurre
a la incomodidad para que no la venza el sueño.
Bien peinada, magníficamente enjoyada y vestida por Cristobal
Balenciaga, juguetea con el tacón de uno de sus zapatos,
acariciando con el talón la alfombra, convencida de que el
bajo del vestido le tapa.
Puede que esté pensando, por su contacto, en la alfombra.
¿De dónde la sacaría?
Pero lo más seguro es que no piense en nada.
La mirada perdida completamente en el vacío la delata.
Doña Carmen está sorda como una tapia.
Desde hace mucho tiempo no oye absolutamente nada.
Por eso escogió para asentar sus reales, durante los acontecimientos
sociales, este ángulo del salón, al lado de la chimenea,
porque desde aquí asistirá sin estar y de una sola
mirada abarcará toda la estancia.
Así con la frialdad del que organiza una fiesta que no va
a disfrutar, ella ha maquinado su entorno mezclándolo todo,
objetos y personas, sin respetar estilo, forma o color. Fijándose
únicamente en que todo sea caro y bueno.
Una debilidad tiene doña Carmen, el ave del paraíso.
Todo el mundo lo sabe y la flor, en regalada abundancia la rodea.
A ambos lados de la chimenea, en el hogar, el presente más
costoso a su vera.
Un despistado mandó un ramo de rosas rojas que una acertada
mano colocó lo más lejos posible de su señora,
al otro lado de la chimenea.
Todos los ramos son presentes mandados a su excelencia por distinta
gente. De ahí que no tengan en común más que
la ostentosidad y el halago.
Su colocación responde a su importancia.
Se puede comprobar que van de menor a mayor acercándose a
ella.
De la misma manera a colocado a las señoras.
A su derecha, la nobleza.
A su izquierda, el dinero.
Al frente, la corte, el coro, el pueblo, formado por cuatro damas
de abolengo.
La nobleza, sumisamente, hace como la que le habla.
Pero no lo hace porque sabe que es sorda, aunque también
sabe que es su obligación dirigirle la palabra.
No está bien que estén allí todas calladas
como si de un velatorio se tratara.
Por eso esta allí sentada.
Porque aparte de ser noble, traga.
Toda su aristocracia le sirvió para aguantar una reunión
haciéndole el paripé a una sorda.
No una sorda cualquiera, desde luego, la Señora.
Compartiendo el sofá de la Señora está el dinero.
Porque ésa tiene dinero.
No será noble, pero tiene muchísimo dinero.
Por eso se mira descaradamente el escote.
Porque asesinaría en ese mismo instante a su modista.
Ella sabe que sus antepasados no la sentaron allí, ni su
fidelidad a la Señora. Ella sabe lo que cuesta todo y no
puede consentir que después del calvario pasado hasta llegar
ahí, una arruga cabrona la hunda viva, enseñando el
sujetador delante de doña Carmen.
Enfrente, la que tan descaradamente mira hacia otro sitio, dando
la espalda a su excelencia, no es otra que su hermana.
De ahí las confianzas.
Se le parece como una gota de agua.
Rubia más joven y con un oído finísimo, como
de rata, disfruta todo que no lo hace su hermana, no tardará
en osar levantarse, sin aguantar más, y corretear por todos
los grupos que por el salón merodean.
Esa actitud demuestra que es la confidente de doña Carmen,
a quien pone al corriente de todo lo que le interesa.
Su poder es menor pero mayor que el de su hermana: la controla.
A su lado, una señora sonríe a doña Carmen
creyendo, engañada, que ésta la mira. No le sobra
ni la estola ni el foulard que lleva, por lo que debe hacer frío.
Un airecito de la sierra que pela.
Las otras dos señoras que a continuación se sientan,
en la izquierda de la foto, en primer plano, hablan entre ellas.
No es difícil de imaginar que una le dice a la otra:
¿Tú crees que oye algo?
Condensando la otra en una mueca toda la profundidad de la sordera.
Unos cuernos, trofeo de caza, unos leones orientales sobre la chimenea
y dos cuadros por las paredes completan la decoración de
la estancia.
La pintura que se halla colocada sobre doña Carmen apenas
se distingue, pero parece un bodegón de caza, percibiéndose
una liebre desollada.
La otra, en la pared frontal, ocupa todo el ángulo izquierdo.
Cuando nos topamos ante una imagen plasmada en un papel, nuestra
vista se posa en esa esquina y de allí se pasea por toda
la superficie.
Debería haber empezado por aquí.
El cuadro, dominándolo todo con su presencia, representa
un gallinero.
Una mujer dando de comer a las gallinas.
Espejo fiel de lo que en su entorno ocurre.
Doña Carmen, estando sin estar, alimenta el chismorreo.
ENRIQUE COSTUS
El Kitsch Español - 1988
|
|